miércoles, 23 de noviembre de 2016

Un Proyecto de Libro - La Venezuela Imposible.

NOTA: Las razones para escribir o dejar de escribir sobre un tema o concluir un libro son multivariadas. En gavetas alrededor del mundo existen grandes, mediocres y pobres obras de todo género que por un sin número de razones nunca verán la luz del sol. El paréntesis que me ha permitido en el pasado escribir sobre algunos temas parece cerrarse en un futuro cercano, mientras que otros se abren al mismo tiempo. Sin embargo, no quiero dejar de compartir las ideas plasmadas en la introducción de mi libro en ciernes “La Venezuela Imposible”, puesto que existe la posibilidad de que dicho libro no llegue a término. Dichas ideas deberán ser parte eventual de la discusión urgente de fondo sobre el modelo político y económico del país. Es por eso que he decidido compartir esta introducción.
CJR.

La Venezuela Imposible: Introducción


Quien hubiese dicho en vana ilusión que la democracia es la forma natural de gobernar los pueblos está equivocado. La historia contradice esa afirmación. En seis mil años de historia civilizada, la democracia apenas tiene segundos efímeros de existencia. Grandes obras, grandes monumentos, grandes aportes a la civilización fueron hechos por, bajo y en nombre de tiranos que sometían a sus pueblos, algunos de manera benevolente, la mayoría de manera represiva, combinando en diversas ponderaciones el poder económico, militar y religioso en una figura o élite autocrática.

El experimento democrático moderno iniciado a mediados del S. XVIII tiene su mejor ejemplo contemporáneo en Los Estados Unidos, cuyo documento originario fundamental es su Declaración de Independencia de 1776. Este documento es un argumento a favor de la representatividad, en contra del régimen autoritario, e incluye famosamente el enunciado de los “derechos inalienables y autoevidentes de todo ser humano": vida, libertad y procura de felicidad. La revolución francesa poco después, en 1789, tiene una variación sutil pero importante sobre los derechos humanos bajo el lema, “libertad, igualdad, fraternidad”. Son enfoques distintos que conducirán por distintos caminos el desarrollo político de las naciones.

No tan casualmente, este hervidero de ideas políticas y revolucionarias ocurre en medio de un período que incluye la publicación de ese tomo que cambió fundamentalmente la manera de pensar acerca de la economía: La Riqueza de las Naciones, de Adam Smith, publicado en 1776. Dos ideas claves surgen de este libro: la riqueza se crea mediante la transacción económica, y el ser humano en procura de su interés propio genera bienestar social. La riqueza de las naciones antes de este libro se calculaba de manera mercantilista: cuánto oro, piedras preciosas o bienes acumulados tenía un país. A partir de ese libro se va a medir la riqueza por la suma del número de transacciones económicas: lo que hoy llamamos el Producto Nacional Bruto. La segunda idea propone que la individualidad, el interés propio no es una condición antisocial, de huraños, de egoístas. Propone este concepto despojarse del sentido comunal colectivo como medio para favorecer el bienestar social. Postula que si cada quien mejora su propia condición por su propio esfuerzo, la comunidad en general mejora. Una idea radical contraria al paternalismo de estado benevolente o totalitario prevaleciente en su época.

En 1859 ocurre otro golpe de timón al pensamiento mundial, con un tomo que cambió en sus bases la manera de pensar acerca del universo: El Origen de las Especies. Este tomo es una afrenta directa a la concepción de un mundo creado por origen divino de manera perfecta y estática.  La intelligentsia, ya escéptica del mandato divino de sus dirigentes, tiene nuevas municiones para argumentar acerca del desarrollo político de la sociedad. Cambio y extinción son naturales y comunes en el universo, ergo existe la posibilidad de una mejor sociedad. La pregunta es, ¿cómo llegar a ella? Once años antes, ya se había publicado un panfleto sugiriendo una respuesta: El Manifiesto Comunista. Según este documento, la sociedad avanza de manera inexorable desde un estado pre-capitalista, al capitalista, socialista y finalmente al comunista.

Las utopías sociales descritas en el Manifiesto Comunista y la otra obra clave de Carlos Marx, Capital: Critica a la Economía Política publicado en 1867, sin lugar a dudas hicieron retroceder el desarrollo político de muchas naciones. Tras más de 150 años de experimentos sociales cuyo origen se puede trazar a partir de aquellos tres documentos, la Declaración de Independencia de los EE.UU., La Riqueza de las Naciones y El Origen de las Especies, y también de los postulados de Marx y Engels, se puede llegar a la conclusión que el comunismo es un retroceso, no el estadio superior del desarrollo de la sociedad.

Lamentablemente para los doctrinarios del marxismo Adam Smith tenía razón: el origen de la riqueza proviene de la transacción comercial libremente realizada. Marx argumenta que la riqueza reside en los bienes y en los medios de producción de esos bienes. La riqueza, sin embargo, tiene muchas formas. Herman Melville describe en su libro Moby Dick como Queequeg, el “salvaje,” era muy rico en su tierra natal por estar cubierto en tatuajes de cabeza a pie. Para algunos, en este momento en Venezuela, riqueza es tener una buena cantidad de papel higiénico y desodorante en reserva. En cualquier caso el bienestar, sea por status, comodidad, u otra percepción de la persona se origina en una transacción en la cual cada parte tiene beneficio: una relación gana-gana, la cual se suma al Producto Nacional Bruto.

Según la lógica de Marx, dado que para él la unidad económica fundamental es el bien (y su plusvalía) y no la transacción, la riqueza existe por acumulación de bienes. En otras palabras, cuando un bien pasa de una mano a otra una parte gana riqueza y otra la pierde: las transacciones son eventos suma-cero. Para evitar que esta injusticia ocurra entonces los bienes, y por ende sus medios de producción, deben ser comunes y repartirse de acuerdo a la necesidad de cada individuo en la sociedad. Esta lógica es un retroceso al mercantilismo con sobredosis de utopía social. La consecuencia inevitable de este paradigma es la creación de un estado todopoderoso y autoritario centralizando toda transacción. Y he aquí la segunda falacia del marxismo doctrinario y la reivindicación de las ideas de Smith.

Faltó indicar anteriormente, que Smith alertó acerca del peligro de la concentración económica en monopolios, los cuales siempre irían en detrimento del desarrollo económico, los individuos y el bienestar social. Dice Smith:

“Reducir la competencia siempre va en contra del interés público y solo sirve para permitir que los negociantes, al incrementar sus ganancias por encima de su nivel natural impongan, para su propio beneficio, un impuesto absurdo sobre el resto de sus conciudadanos.”

Concentrar el poder económico en un solo ente, el estado, es el monopolio supremo y un retroceso al sistema bajo el cual el soberano es titular de todos los bienes y sus súbditos los utilizan bajo licencia. Para mantener, para alimentar este monopolio del estado todopoderoso el precio de los bienes se elevan al máximo: la escasez; porque no hay bien más caro que aquel que no se consigue. Los dirigentes de este monstruoso leviatán se motivan por ese motor humano esencial también identificado por Smith, el interés propio, y harán todo lo posible por mantenerse en situación de privilegio pero sin los mecanismos que Smith propone de libre competencia, control de monopolios y separación empresa-estado y, por ende, se reduce progresivamente el bienestar social.

Es fácil entender cómo, bajo el influjo del arquetipo jungiano de justicia social y empatía ante el sufrimiento de los desamparados que impulsa la conciencia moral de todo ser humano, pueda verse en la simple idea de la sociedad utópica prometida por el marxismo un mundo de felicidad futura. Pero la historia no le ha dado la razón a la solución marxista. Las falacias y deficiencias estructurales descritas anteriormente hacen de la propuesta marxista implementada un retroceso inevitable al dominio feudal por una élite que somete al pueblo bajo su mando a las más severas restricciones para mantener sus privilegios. La propuesta marxista es claramente un retroceso en el desarrollo político de la sociedad, al revertir a un modo de gobierno común y universal a períodos anteriores al surgimiento de la democracia moderna.

La combinación de democracia representativa con la economía liberal ha sido el modelo que ha proporcionado el mayor bienestar social a los países que la han practicado. Sin embargo, por su propia naturaleza, caótica, abierta, auto-renovadora y auto-cuestionadora, la democracia liberal es frágil y, por ende, escasa. Mucho menos de uno por ciento de la población ha disfrutado de alguna forma de democracia, mucho menos de democracia liberal a lo largo de la historia de la humanidad. Vivimos una época de  glorificación de la democracia, la cual por consenso universal es considerada como el estadio superior de desarrollo político. El nombre oficial de Corea del Norte es República Democrática Popular de Corea; la antigua Alemania Oriental se denominaba a sí misma la República Democrática Alemana; y así muchos más, estableciendo como un hecho que la democracia es un ideal virtuoso, así sea de nombre.

El Socialismo Mercantilista en Venezuela

 
En Venezuela Hugo Chávez trató de imponer el “Socialismo del S. XXI” implementando la “democracia participativa”: un complejo sistema de referendos y juntas comunales de gobierno que sobreponen, eliminan, hacen irrelevantes o partidizan los organismos intermediarios independientes tales como juntas de vecinos, gremios, sindicatos, asociaciones de padres y representantes, cámaras de comercio, iglesias, etc. Estos organismos intermediarios en una democracia liberal representan la voz más directa de los gobernados ante su gobierno y limitan el poder del estado y sus acólitos. La mal llamada “democracia participativa” ha sido la manera de socavar la voz democrática del país y fortalecer el poder del estado.

El uso de slogans y nombres para desvirtuar los ideales democráticos no se limitan a “socialismo del S. XXI” y “democracia participativa.” Estos términos, así como “el imperio”, “escuálidos,” “derechas,” “neoliberalismo salvaje” y otros han cimentado el atraso político en el país con su consecuente atraso económico, y atizado la crisis política—origen de la crisis económica. El trillado remoquete “revolución” se utiliza para justificar mala administración, desmanes y abusos a diestra y siniestra. El peor de los conceptos lava-cerebros impuesto en el léxico político es “la cuarta república” para definir el período más cercano a una verdadera democracia liberal que tuvo Venezuela, entre 1958 y 1999. La república ha sido, es y será siempre una sola.

Mientras se mantenga como ideal al atrasado concepto de paternalismo de estado que dirige y controla individuos y empresas más allá de los límites posibles de cualquier sistema social modernoy que cercena cualquier libertad de acción contraria a esa dirección—se mantendrá el atraso económico y social del país. Es decir el atraso político antecede al atraso económico y social. Toda la historia reciente del país es consecuencia de su mismo pasado porque las fallas del modelo son estructurales. Los altibajos coyunturales que tanto alarman o satisfacen temporalmente son síntomas del modelo social-comunista-mercantilista fallido que ha imperado desde hace más de cincuenta años y que sin lugar a dudas e irremediablemente llevan el país al colapso.


Lamentablemente el liderazgo opositor, por conveniencia política, ha utilizado e incluso acogido algunos de los conceptos y lenguaje paternalistas y dadivosos, dándole validez a las falsedades de las cuales se nutre el pensamiento social-comunista en el país. No parece existir una verdadera intención de redimir el liberalismo como modelo social posible entre las opciones políticas de Venezuela y echar las bases de una fuerte, sólida y verdadera democracia. Por ahora.

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