miércoles, 17 de agosto de 2016

Populismo, o la Ceguera Colectiva que Conduce los Pueblos al Abismo.

Abdicando Gobierno: Cuando las Instituciones Fallan
Es famosa la descripción que diese Winston Churchill de la democracia como el peor de todos los sistemas de gobierno salvo todos los demás. La democracia, se ha argumentado, lleva dentro de sí las semillas de su eventual destrucción al permitir en su seno, por definición, voces y facciones que se oponen a ella. Y es que con la democracia sucede que el derecho al voto universal es considerado el desiderátum—y sí lo es; pero sin lugar a dudas ese voto universal es capturado ocasionalmente por líderes que escuchan voces de un público insatisfecho dentro del sistema. Voces que se hacen eco en esos líderes que usan las libertades del sistema democrático para aprovechar las emociones surgidas de insatisfacciones heterogéneas, y a veces contradictorias, y aglutinan un movimiento político en contra del frío razonamiento pragmático que ofrecen los líderes tradicionales. Un movimiento popular con la intención de reescribir instituciones políticas y sociales existentes fuera de las fórmulas y soluciones trilladas difundidas por las élites y la intelectualidad del status quo.  Un movimiento que se describe usualmente como populismo.

El ciudadano común tiene muchas cosas en mente: su familia, su trabajo, su jardín. El ciudadano común tiene muchas ocupaciones y prefiere dedicarse más a ellas que a la función de gobierno. El ciudadano común quiere tener la confianza y satisfacción de que su gobierno es conducido por personas que protegen sus intereses en la mejor medida posible. Esas son las condiciones del contrato político que el ciudadano, el pueblo exige de su gobierno e instituciones. Cuando los dirigentes públicos rompen ese contrato, esa confianza, surge la insatisfacción y se siembra la semilla del populismo.

Como condición adicional, el populismo florece no sólo cuando la insatisfacción es generalizada, sino cuando las instituciones existentes—políticas, económicas, sociales y mediáticas ignoran dicha insatisfacción o no ofrecen un mensaje claro acerca de cómo responder a ella—es decir fallan en su rol. Los síntomas de instituciones que fallan incluyen:

  • Medios de comunicación con brechas de credibilidad,
  • Polarización partidista e ideológica impulsada por interés propio o percibida como tal y,
  • Poca participación electoral por ver al discurso institucional como estéril e irrelevante.
Bajo estas condiciones una masa popular creciente se torna en un grupo de votantes en disminución por lo cual y, por esa gran abstención, los representantes tradicionales dejan de percibirse como legítimos.

El cuerpo ciudadano tiene muchas necesidades y demandas. Cuando representantes políticos identifican estas necesidades antes de ser convertidas en un reclamo general, la democracia funciona. Al ignorar dichas necesidades y permitir que se conviertan en un malestar generalizado contra lo que se percibe entonces como una élite distanciada, se crea terreno fértil para movimientos populistas.

Es en ese momento que los desencantados, cínicos, desposeídos, marginados, pobres—los olvidados—son fácilmente seducidos por un encantador de serpientes quien encuentra en el ánimo popular que despierta su discurso una adrenalina estupefaciente que al mismo tiempo impulsa su propio narcisismo y enardece la masa. La dinámica populista entra de esa manera en un ciclo de retroalimentación crecientemente tóxico entre el líder y la masa—como toda sobredosis de cualquier droga.

El Engaño: La Antidemocracia del Populismo

El discurso populista es sectario por naturaleza. El populista busca establecer una razón simple por la cual el pueblo está insatisfecho con su condición e identifica la culpa de esa razón en un grupo que sea blanco fácil— y las instituciones, políticos e intelectuales afiliados a dicho grupo. Las emociones comunes que dicho discurso explota en su ánimo sectario son el resentimiento, la envidia, la xenophobia, el racismo y la venganza.

Por esas razones (discurso sectario, anti-institucional y emocional) el populismo es una de esas malas palabras de la política que pocos admiten como alternativa válida. Apenas recientemente movimientos políticos como Podemos, en España o el Kirchnerismo en Argentina, han buscado redefinir el término de manera positiva, reempaquetado como “democracia popular.”  Sin embargo, como todo populista, éstos se autocalifican como anti-institución o protectores de oprimidos. Esa llamada democracia popular, participativa o de las masas predica sectarismo sin respetar el derecho ni participación de las minorías en oposición[i]. Igualmente deviene en concentración del poder, destruyendo o haciendo írritos sistemas de control institucional por separación de poderes. Es la tiranía de las mayorías en ejercicio.

El populismo, a veces en el pasado y ciertamente en el moderno, se enmascara dentro de las propias reglas de juego democrático. Pero no nos engañemos, el populismo es fundamentalmente antidemocrático a pesar de buscar legitimar su poder a partir del pueblo, como su nombre sugiere. Aun cuando líderes populistas no lleguen al poder siempre cambian el diálogo político, sembrando en sus seguidores grandes dosis de escepticismo acerca de la validez de las instituciones; y, en caso de que demócratas utilicen la seductora herramienta del populismo para llegar al poder, igualmente socavan con el escepticismo sembrado las instituciones democráticas (las “verdades incómodas” de B. Arditi, citado por Frei y Rovira, 2008).

La democracia sólo se puede mantener mientras el pueblo mantenga confianza en las instituciones de la misma. Cuando la confianza decae y surge un líder que aprovecha esa falta de confianza denunciando al sistema institucional como incapaz, las expectativas creadas por las promesas de dicho líder alimentan ansias de cambio radical y esperanzas en sus seguidores. En caso de llegar al poder por vía institucional, es decir por  voto popular, la única manera que tiene el líder de cumplir con el cambio prometido es eventualmente destruyendo el mismo sistema que lo llevó al poder; caso contrario sus seguidores lo abandonarán en el futuro por un populista más radical. Cuando el líder populista llega al poder por vías no institucionales, desata purgas feroces contra los representantes institucionales del sistema anterior. Sin lugar a dudas el populista y el autoritario van de mano en mano. El populismo desenfrenado siempre y eventualmente devendrá en totalitarismo.

Los institucionalistas dejados atrás por la ola que lleva al líder populista al poder en el mejor de los casos se retiran, y en los peores terminan en el exilio, cárceles o fusilados. Los sobrevivientes desde su cueva del pleistoceno político escriben y ponderan, a veces ni tan siquiera llegando a reconocer cómo le fallaron a sus representados y las instituciones o medios que condujeron.

Thomas Jefferson argumentaba que las instituciones debían renovarse cada cierto tiempo de manera radical. El anquilosamiento institucional sin lugar a dudas desacelera, impide o retrocede el desarrollo político y, por ende económico, de los pueblos. En ciclos industriales y teoría de negocios Schumpeter se refería a un concepto similar, llamándolo, Destrucción Creativa. Esta se origina por el desarrollo tecnológico y su consecuente efecto tanto sobre sistemas de producción y distribución como estilo de vida. El populismo se inserta en el mundo político como un catalizador, como el canario en la mina, que indica la necesidad de renovación, de aire fresco en las instituciones sociales o de lo contrario enfrentar una transformación destructiva.

Cuando el populismo asoma, los demócratas tienen que reconocer las señales y luchar contra él, aun cuando parezca contradictorio que un demócrata esté aparentemente en contra de la voluntad popular. El líder populista no está engañando al pueblo, solo está canalizando la insatisfacción, recoge y hace un eco poderoso y emocional para apropiarse de la voz de los alienados por instituciones sociales en quiebra.[ii] Verdaderos demócratas tienen que ampliar su horizonte y reconocer que existe esa alienación que el populista cosecha. Verdaderos demócratas tienen que rectificar las condiciones sociales y económicas que originan la insatisfacción, puesto que dejar que el populismo se apodere de las instituciones políticas y mediáticas causan daño grave a la democracia. Y la democracia hay que protegerla, a pesar de que ésta sea el peor de los sistemas de gobierno, salvo todos los demás.

El populismo tiene su rol en la democracia, el de ese canario, y tiene atractivo pero es tóxico y peligroso como el botox. El idealismo utópico ofrecido por el populismo es seductor cuando aglutina quejas heterogéneas bajo un gran manto de malestar y promete satisfacerlas con símbolos y lemas simples en vez de propuestas concretas y complejas. La democracia liberal peligra bajo esas condiciones, pero tiene que asumir su terreno político para contrarrestar el arremeter del populismo. Las promesas fundamentales de la democracia liberal son la dignidad del individuo, la igualdad ante la ley, la igualdad de oportunidad, y la protección de la propiedad. Esas también son promesas seductoras. Bajo las condiciones que promete la democracia liberal el individuo puede emprender su vida con libertad en procura del bienestar, y ese emprendimiento aportará beneficios al colectivo de la sociedad—tal y como lo postuló Adam Smith hace casi 250 años y ha sido demostrado en práctica.

Es sólo bajo el sistema de democracia liberal que los pueblos han podido mejorar su condición económica y social. Existen fallas, por supuesto, pero hay que reiterar, es solo bajo un régimen democrático alternante y comprometido a solucionar dichas fallas que las mismas se pueden rectificar, tal y como lo ha demostrado la historia. Los derechos humanos, civiles y sociales florecen y se desarrollan bajo regímenes democráticos con diálogo constructivo. He allí la falla mayor y más dañina del populismo: la ignorancia de la historia. Y esa ignorancia conduce sociedades prósperas al abismo del sufrimiento económico, desintegración social y destrucción de valores bajo regímenes represivos que utilizan el monopolio de la violencia estatal (y para-estatal) para mantenerse en el poder.

  




[i] Adjetivar la democracia es un mal necesario para distinguirla de sistemas ideológicos. Así como “populismo” frecuentemente tiene connotaciones negativas implícitas por su usanza, “democracia” es considerado como un calificativo positivo para un sistema de gobierno, como fue el caso de la República Democrática Alemana (DDR – Alemana Oriental) o es el de la República Popular Democrática de Corea (Corea del Norte). Es por eso que el uso de la palabra democracia se ha desvirtuado tanto que hace falta adjetivarla.
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[ii] En relación con el vínculo emoción/razón Frey Rovira (2008) hacen esta interesante observación: “El hecho de que la formación del populismo descanse más en la pasión que en la razón indica una de sus grandes debilidades políticas: el problema de su duración. Criterios racionales son mucho más fáciles de estabilizar que factores emocionales. De este modo, la permanencia del populismo depende de su constante capacidad para activar pasiones colectivas. Para ello recurre a la explotación de nichos de aten­ción emocional, tales como discursos e imágenes que despiertan emociones como indignación, miedo y odio para así mantener viva la distinción entre amigo y ene­migo en la sociedad.”


REFERENCIAS

¿De Qué Hablamos Cuando Hablamos del Populismo?; Ezequiel Adamovsky. ANFIBIA, Universidad Nacional de San Martín, Buenos Aires Argentina – Accesado Agosto 11, 2016


El Populismo como Experimento Político: Historia y Teoría Política de una Ambivalencia; Frei, Raymundo y Rovira Kaltwasser, Cristóbal. Revista de Sociología 22, 2008; Facultad de Ciencias Sociales, Universidad de Chile – Accesado Agosto 11, 2016


Populism with a Brain; Lynn, Barry C. y Longman, Phillip. Washington Monthly, June/July/August 2016 – Accesado Agosto 11, 2016


It’s not just Trump. Authoritarian populism is rising across the West. Here’s why; Norris, Pippa. The Washington Post, March 11 2016 – Accesado Agosto 14 2015


Sorry, Obama: Donald Trump Is a Populist, and You’re Not; Chait, Jonathan. New York Magazine June 30, 2016  Accesado Agosto 14, 2016











1 comentario:

  1. La causa del populismo es la ineptitud de quienes no quieren apartarse del Poder (dando espacio a otros más capaces). El Pueblo (las masas), en desesperación, opta entonces por propuestas radicales. El egocentrismo siempre precede al populismo y el populismo siempre termina en caos, en Venezuela pasaremos tiempos muy difíciles si pronto no hay una transición con comicios.

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