lunes, 30 de noviembre de 2015

Alfa y Omega del Socialismo del S. XXI


El único verdadero aporte a la discusión sobre socialismo, marxismo y capitalismo que aportó Heinz Dieterich Steffan fue crear una frase que hacía creer que un viejo y anticuado modelo podía ser renovado bajo un nuevo lema; algo así como decir “Ese Socialismo sí Refresca”: el Socialismo del S. XXI. Su libro es una serie de conceptos trillados, mitos mal concebidos e ideas mal fundamentadas que pocos leyeron y menos analizaron. Pero sobre ese lema, ese slogan de juventud y supuesto cambio de ideas—cuyos resultados históricos estaban a ojos vista—sobre ese fundamento de barro resbaladizo en 1999 se echaron las bases, el Alfa del gobierno y cambio social de Venezuela. Y ahora llegamos aquí, a las consecuencias.
El comunismo (estadio superior del socialismo) y el capitalismo ven la interacción fundamental de intercambio entre partes –la transacción—de manera muy distinta.  En el modelo comunista, la transacción es un evento suma cero es decir, una de las dos partes resulta favorecida sobre la otra—la riqueza (el bienestar) se distribuye: una parte pierde y la otra gana. El modelo capitalista postula que la transacción es un intercambio y satisfacción de necesidades—la riqueza (el bienestar) se crea y ambas partes ganan.

He aquí la falla fundamental del socialismo como modelo y su atractivo particular especialmente para una sociedad rentista. Si la riqueza existe por sí misma y la justicia social consiste en distribuirla de manera equitativa, el estado tiene que apoderarse de dicha riqueza y repartirla. El modelo socialista implica una riqueza limitada, y el fracaso de sus líderes en repartir el bienestar social consiste en no poder administrar (o apropiar) adecuadamente dicha riqueza. Los venezolanos se dicen a sí mismos que viven en un país rico, puesto que están sobre las reservas petrolíferas más grandes del mundo. El problema político fundamental es la administración de dicha riqueza.
El modelo capitalista mide la riqueza de un país como la suma de transacciones efectuadas—el Producto Nacional Bruto. Son las actividades de los individuos las que crean bienestar, originándose desde la célula prima de actividad económica: la transacción comercial. El problema político fundamental es la creación de condiciones que favorezcan y protejan la creación de la riqueza, es decir las transacciones.

Dieterich Steffan y aquellos que pretenden solidarizarse con marxismo ideológico interpretan la transacción comercial entre individuos de la misma manera que la religión interpreta al pecado. Para esta manera de pensar el dinero es la manzana prohibida, el origen de todos los males y semilla de la crematística—acumulación de riqueza por encima de las necesidades del que la acumula. Esa es la ideología del Socialismo del S. XXI y su instrumento político, la democracia “participativa”. Ese es el experimento al cual ha estado sometido Venezuela desde 1999, y los resultados están a la vista—uno más de entre tantos socialismos reales los cuales, por su modelo intrínseco, destruyen la riqueza y bienestar de un país.

En este momento es fácil denunciar al gobierno como un desastre, a fin de cuentas quién si no un caradura puede decir que la gestión de gobierno es exitosa y generadora de condiciones de bienestar. Pero gran cantidad de votantes están contra el gobierno, no contra la promesa socialista del chavismo— esa promesa de distribuir mejor la riqueza. Por eso el difunto todavía tiene 58% de popularidad.
El 6 de diciembre va a haber un voto protesta contra la gestión de gobierno y la corrupción imperante, pero no va a ser un voto contra el socialismo, el verdadero destructor del bienestar. Es tarea de políticos responsables y formadores de opinión aprovechar la coyuntura para avanzar en el desarrollo político del país, sin el cual no es posible desarrollo económico, y traspasar el Omega del Socialismo del S. XXI, XX y XIX. De otra manera Venezuela seguirá viviendo una ilusión de desarmonía.

Carlos J. Rangel
30 de noviembre, 2015

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