sábado, 12 de septiembre de 2015

Vida y Muerte de un País

El luto duele y perdura. Cuando un ser querido se va siempre queda la huella, profunda y viva, lista para aflorar en el momento menos esperado y herirnos nuevamente con el dolor de su partida. En el esquema clásico de la psicóloga Elisabeth Kübler-Ross encontramos una interpretación que nos permite aclarar los sentimientos que tenemos muchos venezolanos sobre la triste situación que se vive en nuestra patria. Las fases de luto y muerte que ella cataloga son: Negación, enojo, negociación, depresión y aceptación. Aceptación del resultado final.

Aun cuando Kübler-Ross establece que no necesariamente estas etapas o fases siguen un orden preestablecido, y a veces se repiten, el consenso general es que esa es la secuencia en la que el luto por un ser querido o la aceptación de su destino de un desahuciado ocurre. Veamos cómo aplica en Venezuela.

En una primera instancia, en el período 1992 a 1998 existió una clara NEGACIÓN colectiva acerca de lo que significaba Chávez y el chavismo.  El lugar común era decir “no somos cubanos” sugiriendo que los venezolanos no se dejarían imponer un régimen estatal modelado bajo el castrismo. Esto a pesar de que Chávez reiteradamente dijo que ese era su modelo a seguir, que su meta era imponer un “Socialismo del siglo XXI” y reemplazar la democracia representativa por la “democracia participativa”.  Chávez no mintió. Fueron los venezolanos quienes se auto-engañaron y no quisieron escuchar. “Eso es sólo de la boca pá fuera” era el decir. Existen muchos que niegan todavía los efectos nocivos sobre la economía, la sociedad, la moral, la institucionalidad, y la venezolanidad de esa ideología. Hay aquellos incluso que desde otras fases de este luto han revertido a esa ceguera y aceptado el chavismo cuando antes lo rechazaban. Pero el chavismo siempre fue un modelo que llevaba dentro sí las células de la destrucción del país que lo acogió.

Hay aquellos que se han enfrentado con ENOJO al chavismo. La evidente aunque paulatina destrucción del pacto social hizo que hubiese quienes trataron de luchar enconadamente contra esa destrucción. Desde protestas callejeras a intentos de golpe, ha habido venezolanos que se han enfrentado al derrumbamiento que ven a su alrededor. Muchas voces gritaron en el desierto –y lo siguen haciendo—denunciando el origen del desastre. Otros le tienen rabia a la figura que preside el gobierno temporalmente, cuando lo que añoran es el chavismo a $100 el barril mientras se vive un chavismo a $40 el barril. Es el mismo chavismo, no importa quién sea la cabeza. El mismo chavismo sectario, pulpo estrangulador de la economía y la sociedad, nefasto represor que cosecha sus propias consecuencias sembradas en el pasado.

El enojo se mide en encuestas de opinión, en protestas, en ensayos y artículos de opinión. Pero reconociendo impotencia ante una calamidad aparentemente insuperable, la DEPRESIÓN se arraiga y con ella su compañera: el miedo. La ya clara destrucción ubicua y la incapacidad del individuo ante la anarquía de despojos que le rodea lleva a un comportamiento de supervivencia en el gran mar de zozobras que es el legado del Difunto. Cada quien se las arregla como puede o si puede se va, buscando otros destinos lejos, con el dolor de la patria herida siempre en su corazón. La tristeza de la muerte del país y la sociedad venezolana sobrecoge, paraliza, deprime—y atemoriza.

Como a nadie le gusta tener miedo y estar deprimido, para resolver la situación se deciden por la NEGOCIACIÓN.  Hemos visto a muchos que aceptan al chavismo como iguales confiando en la buena fe de aquellos que han querido y siguen queriendo destruirles. El engaño, la duplicidad, la mala intención, la viveza y—cuando está contra la pared—la represión y el terror implacable, han sido las respuestas del chavismo a los que pretenden negociar con ellos. La alharaca hipócrita oficial ante la muerte de Kluivert Rojas no es casualidad, está diseñada para amedrentar a futuros jóvenes protestatarios. El arresto arbitrario y condena excesiva de Leopoldo López no es un exabrupto o excepción. Es una amenaza a otros posibles líderes opositores. Las amañadas elecciones han sido y serán trucos de espejo para hacer creer que existe oposición democrática para negociar y hacerle creer a tontos útiles, tanto nacionales como internacionales, que hay democracia para aquellos que están en la negación, el enojo, el miedo y la depresión.

Ante el leviatán político que es el chavismo destructor hay resignación, claudicación de muchos, ACEPTACIÓN del destino que nos depara: ahora no se consigue whisky, cambiemos a ron; no se consigue nada en este abasto, hagamos cola en este otro; este chavista es madurista, cambiémoslo por uno verdadero. El modelo chavista es aceptado. Tiene errores y problemas, pero no es culpa del modelo en sí sino de sus actores temporales o enemigos externos: los guyaneses, los colombianos, el imperio, la oligarquía, los tribunales internacionales, el precio del petróleo… o de los castro-cubanos, los boliburgueses o el cartel de los soles. Culpa del otro, siempre. Y cuando finalmente los enemigos del chavismo puro sean derrotados, se vivirá finalmente en el mar de la felicidad—el cielo en la tierra.

Del temor a la muerte han surgido la esperanza de la vida en el más allá, la redención y la resurrección. Tras el trauma de la muerte hay nueva vida, es lo que nos dice la fe. La esperanza de que esto ocurra en Venezuela no la perderemos nunca, pero fallas fundamentales en la psique venezolana pueden hacer que esa nueva vida nazca inválida, coja, tullida.  Sin lugar a dudas figuras como Leopoldo López, Antonio Ledezma o Maria Corina Machado u otros conocidos o desconocidos pueden conducir a Venezuela a nuevos rumbos, lejos de las desviaciones y distorsiones políticas, sociales y económicas del chavismo. Pero ninguna de estas figuras puede hacerlo solo, ninguno es un “papi” redentor con milagros en la manga. La reflexión acerca del fracaso del chavismo y cómo logró calar en Venezuela apenas ha comenzado y el sectarismo sembrado es tan profundo que puede llevar a una desintegración social aún mayor y convertir el país en una pira fúnebre.  Es de esas cenizas que posiblemente se despierte una nueva Venezuela que no esté basada en los pecados que la llevaron esta muerte: el orgullo viciado, la pedantería, la viveza, el rentismo y su hermana, la flojera. Una nueva Venezuela basada en la moral, la ética, el respeto, el trabajo, la cívica y el estado de derecho para y por cada uno de todos los venezolanos que deben asumir sus propias responsabilidades en la construcción del país. Una Venezuela en la que muchos desearían vivir. ¿Es eso mucho pedir? ¿Es esa acaso la Venezuela imposible?

1 comentario:

  1. Acerca de tu ensayo, Carlos, tengo que admitir que estoy en el primer paso todavía: NEGACIÓN.
    Toda esta situación: inverosímil; prepostera, no lo puedo creer todavía. Que todo esto haya pasado en mi país. El país en el que crecí, y me volví consciente. Una Caracas linda, sana, una vida en el interior del país fresca y con futuro.... El bello país que nunca pensé había dejado para siempre cuando me fui a los 17 anos.
    Muchas veces visitando, claro, pero cuando de estudiante, pensando que por fin volvería algún día, y cuando de profesional joven, pensando que tenia que avanzar en mi carrera un poco mas, para poder volver con las nuevas y valiosas experiencias de una vez por todas y compartirlas en mi país, mientras me arraigara de nuevo; y a la larga, empezando a echar raíz en el extranjero, casi sin darme cuenta, y consecuentemente, casándome en el extranjero. Este, de su manera el ultimo paso de una lenta despedida.
    Y en parte he allí la explicación de mi negación. Resulta que yo tuve la buena fortuna de estar en el extranjero la mayoría del tiempo (primero durante las grandes orgías de lujo de los 80 y luego para los capítulos chavistas), permitiendo mi memoria a mantener una imagen intacta de lo que Caracas y Venezuela habían sido y debían ser. Y por eso niego creer que ya no existe como yo la recuerdo. Sitios cambian, claro. Pero esto es demasiado. Demasiado, demasiado demasiado. Y sin embargo sé que es cierto.

    ResponderEliminar