martes, 14 de noviembre de 2017

EL CONSEJO DE SEGURIDAD DE LAS NACIONES UNIDAS Y EL CASO VENEZUELA

Dos perspectivas acerca de la reunión informal del consejo de seguridad de las NNUU acerca de la situación en Venezuela:
  1. El cuidadoso lenguaje diplomático y las posiciones soberanas de las naciones hacen de este tipo de reunión una serie de ponencias sin mayor consecuencia—es decir es una habladera y pérdida de tiempo, con discursos llenos de dignidad pero vacíos de mensaje. Una ocasión para que los diplomáticos luzcan su habilidad para perder tiempo.
  2. Esta reunión establece precedente legal internacional para coordinar un canal humanitario, al destacar la perentoria y urgente crisis de salud y alimentación en el territorio, para coordinar acciones del sector financiero y de capitales, y para una posible intervención directa internacional contra la criminalidad de un gobierno vinculado con el narcotráfico, su creciente peligro como fuente desestabilizadora en la región, y la creciente violencia fratricida en el país.
Cuando un territorio ha sido apoderado por un grupo criminal con vinculaciones internacionales que desestabilizan una región más allá de sus fronteras, no es injerencia en la soberanía de dicho territorio que se discuta dicha situación en un foro internacional para sentar precedentes legales ante las posibles evoluciones de la situación. Esto es lo que ha ocurrido en esta reunión. Es decir, "perspectiva 2" es la acertada.
Hay medidas de presión internacional que en coordinación con acciones internas pueden llevar a la salida de los criminales al mando del país. Sólo entonces, al expulsar a dichos criminales, se podrá ir al diálogo verdadero y constructivo entre las partes políticas del país, dialogo que todos los representantes diplomáticos presentes en la reunión de las NNUU consideran pieza clave para lograr que el país salga de la crisis que lo mantiene en sus garras y que apoyan siempre y cuando sea un "legítimo diálogo".
Esta convocatoria por parte de algunos miembros del Consejo de Seguridad para discutir la situación venezolana ha sentado el precedente para justificar la coordinación y preparación de mecanismos de ayuda humanitaria y financiera internacional, al igual que para intervenir directamente de manera multilateral en caso de que llegue a ser inevitablemente necesario para detener violencia política originada por los criminales en el poder. La ausencia y silencio cómplice de parte de cuatro miembros del Consejo (Rusia, China, Bolivia y Egipto) y los que se amparan bajo falsos llamados de no intervención y soberanía, los hace practicantes de lo que Luis Almagro denuncia como una perversión del realpolitik: "inmoralpolitik".

The situation in Venezuela - Security Council Arria formula…
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jueves, 9 de noviembre de 2017

DEMOCRACIA EN VENEZUELA - ¿CÓMO LOGRAR EL OBJETIVO DESEADO? (UN ENFOQUE ESTRATÉGICO)


El régimen encabezado por Nicolás Maduro se fortalece a medida que destruye el proceso electoral y la representatividad pluralista en el país. El modelo social y económico del régimen hunde cada vez más al país en miseria y no parece haber salida. La oposición demócrata se debilita y busca alternativas para restaurar al país con el objetivo simple de cualquier demócrata: crear las condiciones para que existan democracia y libertad, bases de la prosperidad y el bienestar.
En un momento se pensó que era posible obtener el cambio y las condiciones haciendo una coalición electoral opositora y enfrentando al oficialismo en contienda directa. El régimen se endurece ante la debilidad de la voluntad del compromiso ciudadano de votar, y esa vía está arrinconada en un callejón sin salida debido a las argucias y manipulaciones del mismo régimen. Aun así la vía electoral no debe descartarse por completo.
Hay quien está esperando que algún sector de las Fuerzas Armadas se harte del desastre económico, administrativo y fiscal de un régimen secuestrado por delincuentes, y que de alguna manera ponga orden.  Esta vía es un callejón sin destino conocido. Tanto adeptos al modelo y legado del “Comandante Eterno” como algunos que puedan permanecer en el seno castrense opuestos a dicho legado pudiesen hacer intentos que difícilmente lograrán sacudir al régimen en el poder, dado su apoyo externo por el régimen cubano. Aun así no debe descartarse la necesidad del apoyo de sectores en las FF.AA. durante el proceso de restauración de las condiciones democráticas del país.
Unos últimos suponen que una posible intervención extranjera de corte militar, sea como “operación quirúrgica” o sea como un “cuerpo multinacional de cascos azules” pudiese lograr el cambio de condición necesario. Una intervención de este tipo se puede saber cuándo comienza, pero no cuando termina y es un camino incierto y volátil. Aun así no debe descartarse el apoyo de los aliados internacionales que reconocen a la democracia plena como fundamental para la libertad.
El primer enfoque, el enfoque electoral, es el más cercano al objetivo de crear, preservar y fortalecer la democracia. La MUD como agrupación electoral con el objetivo de retar al oficialismo tuvo su momento y razón de ser. Las energías opositoras eran suficientemente fuertes como para suponer que una oposición unida derrotaría a la coalición oficialista en las urnas y eso efectivamente sucedió. Las elecciones del 2013 que llevaron al poder a Maduro fueron ganadas por la oposición, como ha sido admitido por personas cercanas a dicha elección. El fraude electoral derrotó al candidato de la MUD, y cuando hacía falta no se utilizaron las otras armas de la democracia y la sociedad civil: protesta popular, denuncia de la prensa, apoyo de ONGs independientes y aliados internacionales, etc., por fallas del liderazgo opositor.
Los resultados de las elecciones parlamentarias del 2015 fueron tan abrumadoramente en contra del oficialismo que reflejan el verdadero sentimiento del país en relación con la gestión de gobierno. El resultado fue tan contundente que sobrepasó la posibilidad de fraude que existe cuando los márgenes son menores al 5% del electorado. Dos lecciones de estos comicios son importantes: que la participación electoral masiva es posible e importante, y que las entropías intrínsecas a la coalición electoral de la MUD no son conducentes a una gestión efectiva. El fracaso en la gestión de la Asamblea Nacional  para imponer el estado democrático es directamente atribuible a esa entropía.
Como he definido en otro lugar, los partidos son agrupaciones de personas con ideología compartida con el objetivo de llegar o de influenciar al poder. Las diferencias ideológicas entre partidos eventualmente desintegrarán una coalición opositora como la MUD, tal y como ocurrió. Un grave error de percepción tanto de dirigentes dentro de la MUD como del electorado, comentaristas y observadores es haber considerado a la MUD como un partido político y querer operar o tener expectativas de que se comportara como tal. La coalición electoral de la MUD no agrupa personas con ideología compartida, agrupa partidos con el objetivo de crear condiciones para una contienda electoral democrática y, dentro de esos partidos, individuos con ambiciones personales pragmáticas. El problema es que en dicha agrupación algunos suponían un grado de observancia y obediencia política de sus miembros que no es realista. Aun cuando se hicieran primarias para escoger un candidato único de oposición, es probable que hubiese opositores que no votarían por dicho candidato en la elección general por muchas razones, y todas relacionadas con el amplio espectro ideológico de los partidos políticos que contiene la oposición.
Las elecciones regionales del 15 de octubre resaltaron las debilidades estructurales de este enfoque y su caducidad. Tanto por el endurecimiento del régimen y sus destrezas en perpetrar manipulación y fraude electoral como por el fraccionamiento natural de la coalición electoral opositora, hay que llegar a la conclusión que la vía electoral planteada como contienda entre una agrupación oficialista y una agrupación opositora está cerrada. Eso no significa que la vía democrática está cerrada.
Si se ven las cifras de participación del electorado, puede verse que los grupos aglutinados por el oficialismo nunca han superado mucho más del 33% del registro electoral en todas las elecciones desde las de 1998. Ante esa realidad numérica, en caso de persistir por la vía electoral, sería más efectivo competir separadamente, enfocarse en aumentar la participación electoral, y gobernar coordinadamente, es decir un nuevo “pacto de Punto Fijo”. Pero esto solo podrá ocurrir en caso de tener contiendas electorales imparciales, para lo cual las condiciones no existen en la actualidad.
Democracia es una condición en la cual la ciudadanía participa en el gobierno. Esta participación se manifiesta mediante elecciones, mediante protestas, en agrupaciones civiles de interés focalizado (federaciones, sindicatos, asociaciones, organizaciones, iglesias) y por supuesto con prensa tanto libre como clandestina. Las elecciones en este momento en Venezuela han sido apropiadas/secuestradas por el régimen. Las otras armas de la democracia se mantienen vigentes. Para recuperar la plena democracia en Venezuela hay que recuperar las elecciones libres e imparciales y ese debe ser el objetivo tanto de la aplicación de las otras armas de la democracia como de los otros dos enfoques mencionados al principio. Una vez recuperadas las elecciones, entonces podrán debatirse las ideologías y sus variantes entre sí, incluyendo social democracia, democracia cristiana, liberalismo, e incluso el comunismo en su ropaje chavista demócrata.
El segundo enfoque, un levantamiento militar, se basa sobre la ilusión de que el poder militar es el árbitro final de la democracia en el país. Esto tiene raíces en varias líneas culturales y de pensamiento, pero todas derivan de la añoranza paternalista por el liderazgo fuerte y de la asociación mental (por demás lógica) de las armas con el poder. La ciudadanía y el poder civil no pueden claudicar ante esta ilusión. El alto riesgo que implica dejar en manos de unos pocos ambiciosos (armados) los destinos del país nunca ha tenido resultados positivos—ni en Venezuela ni en ningún otro país del mundo. Los proponentes de este enfoque dan por sentado que salir del régimen por cualquier vía es esencial, pero no se les puede hacer un llamado a “los militares” para que tumben al gobierno sin un resultado planificado y con un sentido estratégico. Es probable que existan militares ambiciosos que piensan que el legado de Chávez está siendo traicionado y que ellos pueden poner mano dura para proteger dicho legado. Eso sería un desastre para las verdaderas aspiraciones democráticas del país.
Las Fuerzas Armadas se han convertido en un gran pulpo multipropósito. Su injerencia en el sector civil es agigantada y creciente, profundizando el objetivo de Chávez de establecer un gobierno “cívico-militar,” modelado bajo el mismo tipo de estructura existente en Cuba. Esto ha resultado que Venezuela fácilmente tenga el mayor número de generales per cápita a nivel mundial (salvo, quizás, Cuba). Esto—al mismo tiempo que hace pensar que existe un gran poderío militar—es una gran debilidad.
El sector militar con mando efectivo de tropas en Venezuela es proporcionalmente menor que en un gobierno civil. El sector civil democrático debe tomar la iniciativa de cambiar el poder y buscar alianzas con el sector militar con mando de tropas. El cambio democrático tiene que surgir del sector civil, y algunos sectores militares aliarse al movimiento. No debe ser lo contrario, puesto que esa vía es conducente a una nueva represión totalitaria. Es decir, no se descarta la necesidad de una alianza con algún sector militar opuesto al régimen, pero esta alianza debe ser iniciativa civil, demócrata y liderada por dichos demócratas civiles, no al revés. Los militares se deben sumar a la inercia positiva de un movimiento que busca restaurar las condiciones de democracia, tal y como ha sucedido históricamente en toda transición hacia una democracia exitosa, puesto que esta será la única manera de defenderse de la represión brutal que surgirá del régimen ante la posibilidad de enfrentarse a su final.
Por último el tercer enfoque, el de intervencionismo militar extranjero debe ser discutido. Hay quienes piensan que dado que la vía electoral está trancada y que “los militares del país están vendidos al régimen”, no hay opción posible salvo una intervención militar extranjera que “cure el cáncer” que aflige al país; que no hay solución interna posible. El argumento a favor de esta opción postula que el liderazgo político en el país es inefectivo y nunca podrá salir del régimen. Esta opción es una variante del segundo enfoque, salvo que descarta la posibilidad que los militares en el país tomen acción en contra del régimen, y por ello solicitan su equivalente extranjero.
Suponer que esta medida desesperada de alguna manera pueda resultar en un resultado positivo para el país, es una falacia. Una intervención de este tipo fraccionaría aún más el país entre enemigos acérrimos, y precipitaría una verdadera guerra entre “nacionalistas”, “patriotas”, “independentistas”, “defensores”, y cualquier otro auto-nombrado que se sienta con derecho a opinar mediante un fusil, saliendo a la calle. Adicionalmente, los intereses geopolíticos de Cuba, Rusia y China harían del conflicto uno excesivamente cruento y largo. Este es un escenario que tendría una fecha de inicio con acciones concretas y ciertas, pero una fecha final totalmente desconocida con resultados inciertos. Para los proponentes de esta opción una consecuencia certera sería la eliminación de cualquier semblanza o personaje del liderazgo de la oposición política actual, sea por descrédito o físicamente.
El apoyo internacional para el cambio del régimen en Venezuela es esencial y dicho apoyo ha presionado de manera efectiva hasta ahora. Las sanciones individuales y corporativas están cercando al régimen. El reconocimiento a la Asamblea Nacional y al Tribunal Supremo en exilio –y el desconocimiento a la Asamblea Nacional Constituyente—son de gran ayuda para lograr una transición política; la comunidad está a la espera de un nuevo Consejo Nacional Electoral. 
No se podrá salir del régimen sin lograr un acuerdo con el régimen cubano y en eso la comunidad internacional es fundamental. No se podrá salir del régimen (lamentablemente) sin obtener un lugar al cual dirigentes del régimen puedan “escaparse”, para lo cual transacciones internacionales hacen falta. No se puede recuperar la economía del país, enfrentarse al problema de la deuda, ni obtener la ayuda humanitaria necesaria sin la comunidad internacional. No se podrá convocar elecciones percibidas como imparciales sin colaboración internacional. Esos son los enlaces, acciones y apoyos que hacen falta construir, no una intervención militar internacional que acrecentaría el caos y la destrucción.
El objetivo es crear las condiciones para que existan democracia y libertad. La combinación estratégica de los tres enfoques discutidos es necesaria para crear estas condiciones. Cada uno es una pieza del rompecabezas que debe ser armado por el cuerpo civil democrático del país. Sin este trio de acciones coordinadas estratégicamente, el régimen se mantendrá por el futuro previsible y el país caerá en mayor miseria, esa miseria que no permite otra acción sino las de la supervivencia del día a día.

martes, 31 de octubre de 2017

LA INTERVENCIÓN

Ante el desespero por la dureza de la dictadura enquistada en el poder, hay cada vez más llamados a una intervención militar internacional en Venezuela. Los llamados suenan razonables: la asimetría en el poder de fuego, el gobierno usurpado por delincuentes sanguinarios, la ocupación por agentes extranjeros de la peor calaña—cubanos, sirios, iraníes, etc., y la destrucción existente generalizada con necesidad de soluciones inmediatas y contundentes.
Los escenarios varían desde una operación quirúrgica, liderada por una élite táctica (se menciona algo como la operación Bin Laden, por el Seal Six Team de los EE.UU., pero ejecutando algo similar a la eliminación coreografiada de los rivales de Michael Corleone en “El Padrino”); algo un poco más amplio, como un ataque por drones a los centros del poder del régimen; o una intervención/invasión  multinacional compuesta por fuerzas latinoamericanas, europeas y, mayoritariamente, de los EE.UU.
No solamente son poco realistas todos estos escenarios por muchas razones, pero aun en el supuesto negado de que pudiesen ocurrir, se sabría cómo comienzan, pero no como terminan. Se presenta el ejemplo del caso de Panamá como el de una intervención limitada y exitosa, sin tomar en cuenta las grandes diferencias tanto de la geopolítica actual como de la logística territorial y militar. La situación en Venezuela es mucho más parecida a la del Irak de Hussein, que al Panamá de Noriega. 
Venezuela es una pieza geopolítica de gran importancia que ha sido ignorada por su gran vecino del norte—que a fin de cuentas considera a Latinoamérica como un patio trasero que no se va a mudar. Es cierto, hay grandes desaciertos históricos en las relaciones multilaterales del continente y eso ha traído como consecuencia lo que está ocurriendo en Venezuela sin lugar a duda. Pero pensar que como un Deus ex Machina una intervención militar liderada por ese buen vecino va a resolver los problemas del país es una quimera. Los intereses chinos, rusos y de Cuba son demasiado profundos para suponer que estas potencias y aquel país se quedarán quietos, sentados y apacibles ante dicha intervención.
Y eso sin contar con el hecho de que dicha intervención produciría un clivaje ideológico de tal magnitud que la oposición política desaparecería y solo habría bandas armadas, “nacionalistas” e “independentistas” (o alguna otra etiqueta convenientemente patriótica), acusándose mutuamente de traición a la patria y justificando así asesinatos en masa—guerra civil.
Aquellos que hacen el desesperado llamado de intervencionismo militar caen en la misma tradición que ha llevado el país a estar como está. Buscan un gran salvador, un elegido que de alguna manera vaya matando canallas con su cañón del futuro. Un escenario fotogénico, noticioso, de satisfacción inmediata, pero que arrojaría al país a un caos profundo y lleno de incertidumbres.
La vía para una transición de cambio a la democracia, no pasa por la intervención militar. No pasa ni siquiera por la rebelión militar. Pasa por la rebelión popular, una rebelión a la que se unan los militares, a la que se una la comunidad internacional. Una rebelión popular que exija democracia y que practique democracia. Mientras no se logre convencer al pueblo a tener democracia, mientras no se convenza al pueblo que el futuro está en sus propias manos y no en un elegido (nacional o foráneo), se mantendrá este u otro régimen parecido en el país.

La semilla de esa rebelión comienza con la formación ciudadana. No es fotogénico, no es para posturas televisivas o ratings inmediatos, pero es la manera de construir democracia.  Las herramientas de la democracia incluyen la organización civil, protesta cívica, panfletos clandestinos, grafitos, movilización empresarial y obrera, denuncia de elecciones fraudulentas y huelgas... Se hizo en Polonia, en las Filipinas de Ferdinand Marcos, se hizo en Chile, en Uruguay, en México, en Suráfrica… y en Venezuela, cuando Marcos Pérez Jiménez tuvo que huir ante una rebelión popular, sin intervencionismos extranjeros, poco después del fraude del plebiscito del '57. Se dirá, “pero no todos esos países viven en democracia ahora”. Puede ser cierto, pero es que la democracia es frágil y hay que defenderla siempre. Es posible salir del régimen de dictadura, pero el futuro democrático de Venezuela está en manos de los propios venezolanos.

miércoles, 18 de octubre de 2017

¿FRAUDE, ABSTENCIÓN O DEMOCRACIA?

No me arrepiento de haber estado de acuerdo con ir a votar. Los resultados son los esperados: fraudulentos. El fraude es público y notorio y ni siquiera hacen falta las actas de las mesas de votación para demostrarlo. Las cifras son las siguientes, según el CNE:
  •  Registro Electoral Permanente: 18.082.006 (100%)
  • Votos emitidos: 10.930.165 (60,54% de votos emitidos, es decir 39,46% de abstención)
  • Votos a favor de candidato oficialistas ganadores: 5.754.154 (52.64% de votos / 31,82% del REP)
  • Votos a favor de candidatos no-oficialistas: 5.095.545 (46.62% de votos / 28,11% del REP)

Los reportes de testigos en la calle hacen pensar que hubo más concurrencia que tanto para las elecciones de la ANC como para las de la consulta del 16 de julio, pero es difícil saber la verdad. Esas elecciones recientes sirven de todas maneras para aproximar el sentimiento del electorado por lo cual, si fueran a creerse las cifras, tanto el oficialismo como la oposición deberían estar alrededor de los 7MM de votos en una elección con abstención “normal”. La última elección nacional (AN 2015) le dio 7,7MM a la coalición opositora, mientras que la coalición oficialista obtuvo 5,6MM de votos.

Con estas cifras a la mano, es difícil creer que de 7,7MM para la AN2015 y 7,5MM para el referendo consultivo 2017, el voto opositor bajase a 5,5MM. La tendencia “irreversible” de la oposición ha sido en el sentido contrario. En elecciones nacionales ha subido, según datos oficiales, de 6,6MM (Presidenciales 2012), a 7,4MM (Presidenciales 2013) hasta 7,7MM (AN2015); en cambio para la oposición ha sido el contrario, 8,2MM (presidenciales 2012), 7,6MM (Presidenciales 2013) y 5,6MM (AN 2015). La condición del país no ha cambiado para bien, como para premiar a sus gobernantes con un cambio de apoyo popular en el voto, y las tendencias lo señalan.

Pero al existir la trampa/mito de la abstención esos “ausentes” pueden manipularse. Primero, hay que asegurarse de que existan. Por eso la campaña oficialista a favor de la abstención de la oposición. Me he pronunciado sobre este tema anteriormente y no vale la pena debatirlo mucho, pero creo que las razones de los líderes opositores que en una primera instancia acogieron la posición abstencionista son válidas y no se las critico en absoluto. El oficialismo vio en ese llamado, sin embargo, una oportunidad que no dejo escapar y promovió activamente esa posición.

La fuerza con la que la oposición votante respondió, sorprendió al oficialismo y por ello tuvo que recurrir a compra de votos, cambios en reglas, boletas mal diseñadas y cambios en centros de votación, e incluso intimidación directa para confundir, desalentar e impedir el voto opositor. Hace falta un “pool” de votos no contabilizables para poder hacer la trampa. Para eso usaron abstencionistas y nulos. Según el Consejo Nacional Electoral, los votos obtenidos por el oficialismo representan el 31,82% del registro electoral y los votos emitidos en contra de los “candidatos del pueblo” (como los calificaba el mismo CNE) fue 28,18%. Los analistas y expertos en cuestiones de fraude electoral han determinado que es difícil detectar fraude en diferencias menores o alrededor del 5%. En este caso la diferencia fue de 3,64% en el registro electoral. La diferencia en votos emitidos fue 6,03%.

Sin lugar a dudas hubo fraude. Ni siquiera hacen falta las actas para saber que la elección fue una burla a lo que representan elecciones bajo una democracia. Pero eso se sabía que iba a ocurrir, eso no es sorpresa. A mi juicio debía votarse para demostrar contundentemente el fraude y ejercer entonces toda la presión nacional e internacional en contra del régimen; para eso si hacen falta las actas.  Las declaraciones de Maria Corina Machado en su rueda de prensa cabalgan sobre esta realidad, y es lo que debe hacer toda la tolda opositora. Ante el fraude anunciado (o esperado) lo que la MUD y todo opositor tenía que tener era una estrategia para fortalecer la democracia—y debilitar la dictadura. Lo que se esperaba del liderazgo opositor y no se le ha visto hacer fuertemente es lo siguiente:
  • Defender físicamente el voto – testigos nacionales e internacionales abundantes y con capacidad de documentación.
  • Defender la integridad del voto – mantener la cadena de custodia de las actas y copia pública de las mismas.
  • Denunciar claramente y con pruebas irregularidades en los dos primeros puntos e introducir recursos legales en tribunales y organismos internacionales (para lo cual debían haberse contactado con dichos tribunales y organismos previamente).
  •  Publicar las actas de mesa válidas en caso de ganar alguna gobernación con documentación del proceso de voto y custodia, y retar a los candidatos oficialistas ganadores a que hagan lo mismo.
  • Rechazar la juramentación ante la ANC y juramentar ante sus representados, así sea en alguna plaza pública de la capital del estado respectivo.

Hasta ahora el único que parece estar tratando de demostrar de manera activa el fraude en el conteo es Andrés Velásquez, en el estado Bolívar, por tener en su poder (según dice) las actas electorales auténticas. Según el CNE faltan tres actas y según el mismo CNE Velásquez perdió por 1.471 votos (0,26%).

Las elecciones en sí no importan, y espero que ni se les ocurra a los candidatos opositores ganadores juramentarse ante la ANC, por muchas razones entre ellas que, bajo el concepto de federación, su juramento corresponde hacerlo ante el Consejo Legislativo de sus respectivos estados, es decir, dicho juramento sería anticonstitucional y debemos suponer que, aun en su delirio, la ANC no está por encima de la constitución vigente.

Pero las confusiones, falta de criterio y “unidad” en la Mesa de Unidad demuestran que francamente no parece existir pensamiento estratégico a largo plazo en esa coalición oposicionista. Luis Almagro ya había redactado su respuesta ante las elecciones tanto en español como en inglés; Maria Corina Machado evidentemente estaba preparada con su discurso. ¿Cómo es posible que ante un fraude anunciado, telegrafiado y previsible no existiese una respuesta ya lista, coherente y unida por la dirigencia de la Mesa de Unidad Democrática? La recaudación de pruebas era lo más importante, pruebas visuales, documentales e irrefutables para presentar ante organismos a todo nivel la ilegitimidad tanto de la elección como de su organismo rector, el CNE. Ese era mi pensar, mi razón para apoyar el voto, un sentido estratégico del proceso, pero la falla de liderazgo en este aspecto es abismal.

Vamos a estar claros: el llamado a la abstención no caló. Siempre equivocado y siempre contradictorio, el dictador afirma que estas elecciones históricamente fueron las más concurridas. No hay que buscar mucho para saber que miente, tanto porcentualmente como en números absolutos. Las regionales de 2008 con un REP de 16.8MM tuvo una votación de 11MM para una participación de 65,61%. Las cifras en las del 2017 son REP 18MM, votos 10.9MM y participación 60,54%. Pero, suponiendo que ese 5% de diferencia hubiese sido un 80% opositor (una aproximación de Pareto), aun así los resultados finales serían 5.818.825 votos opositores contra 5.934.974 oficialistas. El problema no fue la abstención, fue el fraude.

Un punto más y final sobre este resultado. La coalición opositora de la MUD no parece estar clara en sus objetivos, y eso confunde al electorado. La coalición la componen un número de partidos con diversos programas de gobierno, piensa uno, supone uno. Pero el objetivo original de la MUD no es gobernar, es cambiar el modelo electoral—salir del régimen dictatorial y competir en democracia abierta. Es por eso que el PSUV y el oficialismo tienen una cierta ventaja estructural: están proponiendo y prometiendo gobernar, mientras que el mensaje percibido por el electorado acerca de la MUD es que quiere anarquizar: destruir el gobierno, “salir del régimen y después veremos”. Se le pide al electorado un salto al vacío, que acepten un futuro de incertidumbre. Por supuesto que muchos viven en un presente certero de miseria e inseguridad, pero el dicho que para muchos aplica es “más vale malo conocido que bueno por conocer”.  


Para el burócrata estatal, el buhonero, el ruletero, mata-tigres y el de a pie, le hace falta que le propongan algo que vaya más allá de elecciones y protestas. ¿Cómo se van a crear empleos verdaderos? ¿Cómo se va a fortalecer la pequeña y gran empresa privada? ¿Cuál es el plan de abrir los canales humanitarios? ¿Cómo se va a estabilizar la moneda y la inflación? No hay varita mágica y eso se le tiene que decir al electorado, pero también hay que presentar un plan realista con objetivos concretos. Hay que argumentar por un nuevo consenso de lo que es el país, una hegemonía ideológica que descarte la existente. Eso es lo que han hecho movimientos opositores exitosos contra dictaduras que eventualmente han desarrollado democracias. Lo contrario es venderle promesas vacías a un pueblo percibido por sus líderes como incapaces de aceptar la cruda realidad; y Venezuela ya ha tenido suficientes líderes de ese tipo.